México en llamas en mi corazón.

Por Marcos Torres*

Desde el 26 de septiembre del pasado año se escucha hablar con fuerza de la desaparición y posterior masacre de 43 estudiantes normalistas mexicanos del estado de Guerrero, específicamente en Ayotzinapa, a manos de la narcomafia terrorista mexicana en “compadreo” con poderes del estado. Este hecho ha movilizado la conciencia del mundo entero en relación con la situación del país y el estado de indefensión social y de terror existente frente a los desmanes de un gobierno, que lejos de intentar resolver el problema desde la fuente, se contenta (al parecer por obra y gracia de la divina providencia “económica, financiera y comercial”) con atacar un efecto, que si bien adorna una realidad, no resuelve el problema de fondo.

Análisis y pronósticos han sido emitidos por no pocos estudiosos en los medios de comunicación, tanto masivos como alternativos, así como criterios fuera de lugar y hasta malintencionados con relación al caso, faltando el respeto a la memoria de los desaparecidos y a sus familiares de forma flagrante.

En lo personal, considero que la esencia de los males que aquejan hoy a la sociedad mexicana se encuentran en las políticas neoliberales impuestas por las empresas transnacionales que hoy campean por su respeto en ese hermano país enarbolando las leyes de mercado. Para entender mejor el tema, debe saberse que el punto de giro en la situación social mexicana se puede encontrar en el Tratado de Libre Comercio con Canadá y EUA de la década de los 90 del pasado siglo, donde la economía mexicana, evidentemente agotada ya por la aplicación de fórmulas neoliberales, no podía competir con las otras economías. Fue entonces que los presupuestos (y las intenciones) en materia de política doméstica comenzaron a variar (entiéndase disminuir) en función del pago de los intereses a los acreedores, entre los que se encuentran el FMI (lógicamente: siempre a la “vanguardia” para cobrar y endeudar gobiernos), liderados principalmente por los que siempre cortaron el pastel, reteniendo para sí la mejor y mayor parte de éste, eliminando de la ecuación matemática (y económica) a los pobres.

Ahora: pudiera resultar “raro” para algunos que un cubano, lejos de la tierra azteca, comente sobre el tema o critique un gobierno extranjero cuando en primer lugar no vive allí y no sufre la realidad mexicana. Pues para ellos aclaro que siento como mía la realidad latinoamericana y debemos recordar entonces que cuando Cuba, la isla irrenunciablemente roja en el medio del Caribe, se quedó sin amigos, fue precisamente México el único país latinoamericano, que se negó a romper relaciones diplomáticas con Cuba en la década del 60 del pasado siglo: que fue el país que, sin aceptar las presiones de Clinton en los 90, se continuó negando a romper relaciones con Cuba.

Otros ejemplos en la historia hay cientos: desde próceres mexicanos que lucharon por la independencia de nuestra Isla en el siglo XIX, hasta la salida del Yate “Granma” desde Tuxpan, con su carga heroica de 82 expedicionarios.

Por eso México hoy arde, en la realidad, y en mi corazón.

Sé por convicción que en la tierra de Juárez, de Hidalgo, de Morelos, de Zapata, de Villa y del “Cuate”, y de tantos otros que ofrendaron más que sus vidas por la tierra que los vio nacer, no han muerto los ideales de la gran revolución mexicana y que los jóvenes, como fuerza motriz de todo proceso social y herederos de estas bellas ideas, sabrán enrumbar el camino del estallido social, al cambio que realmente necesita el pueblo mexicano.

* @Marcostropero editor del blog Las Torres de Marcos

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