#Ucrania “Child 44” o la resurrección del “diablo soviético”. #Cuba

Por Marcos Torres.

Me siento en el deber de aclarar un punto antes de comenzar: no terminé de ver la película de la que voy a hablar hoy y después diré el porqué.

Precisamente es esta: “Child 44” (que literalmente se traduciría como “Niño 44”). Una producción norteamericana de este año situada en la Ucrania de los años 50 que tiene por protagonista al soldado que levantara en Berlín la bandera de la hoz y el martillo sobre el Reichtag, quién se convirtiera posteriormente en un oficial de los servicios de contrainteligencia ucranianos quién literalmente se ve obligado a “hacer barbaridades” en nombre de Stalin y del “comunismo soviético”.

Lejos de la realidad o la ficción con la que puedan abordarse hechos como los que se describen en el filme, queda la cuestión del ¿porqué ahora? y la respuesta aparece diáfana ante nuestros ojos maravillados: “la satanización necesaria de Rusia” para las potencias occidentales y la adecuación de los intereses de las masas a los intereses de los poderosos. En Occidente la opinión pública tiene su peso, pero, bueno eso se puede cambiar y la secretaría de cultura de los EEUU bien lo sabe.

Ehhh… ¿Secretaría de cultura? ¿En los EEUU? … ¡Ño! ¡Creo que pifié!… ¡¡¡Ahhh!!! No…Disculpen. Quise decir la Agencia Central de Inteligencia. ¡Ahora sí!.

Ya de Ucrania escribí un artículo anterior que recrea su historia y vicisitudes pero esta película creo que se pasó un “poquito” (y quiero decir bastante) en cuanto a cinismo político, histórico, cultural, social y… por ahí pa’ llá.

En el filme (confieso que vi hasta donde las náuseas me dejaron) el protagonista se ve obligado a investigar a su propia esposa por ser sospechosa de espiar para los británicos y a encubrir el asesinato de su ahijado, un niño de apenas 12 años,en una abigarrada y sórdida historia que lejos de poner la realidad en perspectiva, a lo que realmente contribuye es a desmontar la verdadera historia del pueblo ucraniano y a poner un plato necesario sobre la mesa de Occidente para repartir a sus masas: crear y desarrollar en la sociedad la imagen de que todos los males vienen de Rusia y de su pasado comunista.

Además el simbolismo es asfixiante por momentos. Ya en los primeros fotogramas te van introduciendo la idea de los conflictos psicológicos y éticos a los que tiene que enfrentarse posteriormente el protagonista a través de imágenes que sin bien son parte de la historia, subliminalmente dejan un impacto superior en el espectador: la imagen del niño huérfano llorando; la “casualidad” por la cual el protagonista se convierte en el depositario de la bandera roja clavada en el Reichtag y la foto inmortalizada como símbolo, no ya de la victoria del pueblo soviético, sino del “diablo comunista”; la expresión de invariable desagrado o desdén si se quiere, de la esposa del protagonista (hasta en las escenas más “calienticas”), etc.

No pude terminar de verla por estas razones, pero el final no es que se caiga, sino que se “despetronca” de la mata y a mí en lo particular las películas de este corte ni me gustan ni me interesan.

Vamos a ver que premio le dan ahora.

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