En #Cuba un Ejercito que lucha por la vida. #Zika

La pequeña gran historia de un cubano de a pie que lucha por la vida

Por: Marcos Torres

Mi vecino Abel es un hombre común. Se levanta temprano en la mañana para ir a su trabajo de dependiente gastronómico en una pizzería “particular”. Tiene dos hijos pequeños y una esposa que es profesora en una escuela primaria de la comunidad. Se lleva bien con todos los del edificio, pero en la rutina de nuestras vidas escasamente nos vemos, salvo cuando nos encontramos al salir del edificio en la mañana o en el parque jugando con los pequeños.

Pero por estos días Abel ya no es sencillamente un hombre tan corriente. Cuál no sería mi sorpresa cuando lo he visto hoy en la mañana salir de su casa de completo uniforme y con unos flamantes grados de teniente de nuestras fuerzas armadas. Al verme estupefacto en la puerta de mi casa cuando nos hemos cruzado hoy, no le quedó otra que devolverme su acostumbrada sonrisa amplia y sincera (¡imagínense la cara que tengo que haber puesto!).

Antes de poder decir nada me espetó así, sin rodeos: “No te asustes ‘Coco’ (así me dicen mis vecinos desde pequeño) que yo soy oficial de la reserva. Me llamaron por lo del Zika”. Me explicó que lo habían visitado para extenderle una citación del Comité Militar unos días atrás y que debía presentarse lo más rápido posible en dicha sede para recibir orientaciones urgentes. Estas orientaciones resultaron ser la renovada batalla contra el mosquito transmisor del Dengue y del Zika.

Me contó con rapidez, antes de marcharse al policlínico (lugar devenido en puesto de mando permanente de esta guerra), que su día se circunscribe a desandar los barrios de La Habana al frente de una brigada de jóvenes soldados (también de la reserva) fumigando las viviendas, eliminando focos de infestación y alertando sobre los peligros de esta nueva amenza a la salud. Me cuenta que por regla general los vecinos esperan con disciplina a que lleguen los compañeros de la “campaña antivectorial” (o los “mosquitos” como se les dice popularmente) y que hay comprensión entre la gente de la necesidad de eliminar el vector completamente.

“Esta batalla hay que ganarla, mi hermano, porque al pueblo hay que defenderlo como sea”. Fue lo último que me dijo antes de irse a su nueva tarea. Tarea que me precio de considerar histórica, pero aún más humana y solidaria.

Pocos países en el mundo pueden decir con entera confianza que sus fuerzas armadas defienden al pueblo así: “de cualquier cosa”.

Pensando en esto, recordé una frase de Raúl que leí en una unidad militar en la que estuve una vez, hace algún tiempo que rezaba con meridiana elocuencia que: “Ser oficial de las FAR no es un modo de vida, sino un sentido de la vida”, y es que este sentido de la vida, por lo menos en Abel, ha trascendido el ser oficial o no, simplemente es un cubano más que lucha por el bienestar de su pueblo.

Es posible que Abel no “salga en el televisor”, ni lo condecoren con una alta distinción del estado, ni le paguen una exorbitante suma de dinero por lo que hace ahora. Estoy seguro que a él eso le importa poco: le quedará la satisfacción del deber cumplido y la seguridad de que estará allí nuevamente para cumplir la tarea que venga.

 

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